Volver a la vida a especies desaparecidas hace miles de años parece ser el nuevo reto de la ingeniería genética. Ya lo lograron con el lobo terrible, ahora es turno del moa. El fantasma de Jurassic Park y otros desafíos en la nota de la semana de Revista Acción.

Por Marcelo Torres
Colossal Biosciences, la empresa de biotecnología con sede en Texas que recientemente «resucitó» al lobo terrible (Aenocyon dirus), ahora planea volver a la vida al moa (Dinornithiformes), un ave no voladora gigante que habitaba Nueva Zelanda, medía unos 3,5 metros de altura y fue extinta hace unos 600 años por el ser humano, a causa de la caza excesiva.
Ahora, con el apoyo financiero de Peter Jackson –director de El señor de los anillos y oriundo de ese país– y la colaboración científica del Centro de Investigación Ngai Tahu, Colossal busca diseñar aves vivas que tengan en su mayor parte las características genéticas del moa gigante. La compañía ya tiene experiencia en haber «resucitado» especies extintas, y con el moa esperan tener el mismo éxito que con el lobo terrible.
Noticia mundial
Aunque el experimento se llevó a cabo a fines del año pasado, recién en abril el mundo conoció la noticia de que una especie de mamífero, extinta hace más de 10.000 años, había vuelto a la vida. Era el Aenocyon dirus o lobo terrible, una especie de cánido, de contextura muy robusta, que vivió durante el Pleistoceno en todo el continente americano, incluida la Argentina. El yacimiento donde se encontraron más restos de este animal está en Los Ángeles, California. Allí aparecieron unos 3.500 esqueletos completos. Gracias a la excelente preservación de muchos de ellos, los científicos lograron extraer ADN en buen estado como para intentar clonarlo.
A ello se abocó la empresa estadounidense Colossal. El equipo extrajo ADN de un diente de 13.000 años y de un hueso del oído interno de 72.000 años y lo introdujo en una máquina de secuenciación. Nueve meses de potencia computacional después, lograron reconstruir el genoma que alguna vez compuso al lobo terrible. Este rompecabezas genético, que combina genes de Aenocyon y lobo gris, fue introducido en óvulos sin núcleo y posteriormente implantado en el útero de una loba para su gestación. Los embriones se desarrollaron con éxito, y así nacieron los primeros cachorros de Aenocyon dirus de la era contemporánea.
«El 1° de octubre de 2024, por primera vez en la historia de la humanidad, Colossal restauró con éxito mediante la ciencia de la desextinción una especie erradicada. Tras más de 10.000 años de ausencia, nuestro equipo se enorgullece de devolver al lobo terrible al lugar que le corresponde en el ecosistema», señaló la empresa, y alentó al público a seguir en vivo el crecimiento de los gemelos idénticos, Rómulo y Remo, y una tercera cría más joven, Khaleesi, que nació en enero de este año.
Estos lobos terribles, llegados desde un pasado muy lejano, hoy corretean en una reserva privada en algún lugar de Estados Unidos que Colossal no dio a conocer, aunque sí publicó fotos y videos de los especímenes para demostrar que estas iniciativas son ya una realidad y no ciencia ficción, como en Jurassic Park.
Animales editados
Una de las preguntas que surgen en primera instancia ante este hecho inédito es qué hacer a largo plazo. ¿Cuáles serán las consecuencias si estos animales fueran incorporados a la fauna actual?
Para el médico veterinario Andrés Gambini (Universidad Nacional de Río Cuarto), quien trabajó en un importante proyecto para la clonación de cebras, «en primer lugar, es fundamental precisar que las iniciativas actuales de “resurrección” de especies, como el lobo terrible, el mamut o el tilacino, no están generando réplicas idénticas de las especies extintas, sino animales editados genéticamente a partir de parientes filogenéticos “cercanos”».
Gambini, quien hoy es profesor de la Universidad de Queensland, en Australia, aclara que «el debate sobre su liberación en ambientes naturales es profundamente complejo. Liberar especies extintas en entornos que han cambiado radicalmente podría conllevar riesgos significativos».
Para Claudio Bertonatti, naturalista y asesor en Fundación Azara y la Universidad Maimónides, «desde hace años experimentan “resucitar” especies extinguidas en un contexto donde todavía podemos salvar muchas de las que hoy están amenazadas. Lo razonable es atender primero a las que corren peligro».
Diferenciándose de aquellos que encuentran en estos avances tecnológicos una ocasión para celebrar, el también exdirector del Zoológico de Buenos Aires (hoy Ecoparque) explica que «los lobos terribles (Canis dirus) tuvieron un ancestro común con el lobo gris (Canis lupus, que es una especie viviente), pero se separaron hace casi 6 millones de años. Por eso, si llegaran a liberarse e hibridar podrían contaminar genéticamente, sumando una nueva amenaza de conservación para los lobos silvestres actuales».
Llegados a esta instancia cabe preguntarse cuál sería el sentido de traer una especie extinta hace tanto tiempo a un medioambiente que ha cambiado drásticamente. Al respecto, Gambini opina que «desde una perspectiva científica, el proceso logrado es extraordinario y fascinante. Este tipo de investigación aporta conocimiento fundamental sobre biología del desarrollo, evolución, función génica y técnicas reproductivas avanzadas. Además, puede derivar en herramientas aplicables a la conservación, la medicina y la genética animal».
Una de las mejores razones que esgrimen las empresas dedicadas a la desextinción de especies es que esta tecnología ayudaría a las actuales en peligro de extinción. Según Gambini, «en estos casos, la clonación permite recuperar diversidad genética en poblaciones altamente endogámicas o con cuellos de botella severos. Pero la clonación no reemplaza la conservación in situ ni las estrategias de manejo ambiental –concluye el investigador–, sino que debe entenderse como una herramienta complementaria cuyo valor reside en rescatar información genética irrecuperable por otros medios»
